Valerie y sus gotitas de amor llegan a los 4 años

Ha pasado un año y ha servido para confirmar que te veo en todas partes. Que jamás renuncio a pensarte. Cuando no estoy contigo te veo en la espalda de otra niña; o en su cabello liso; en sus gritos; en el llanto. Supongo que es normal relacionar la mayoría de las cosas contigo: una canción, una palabra, algún gesto, una carcajada.

Esta etapa entre los 3 y 4 años ha sido de construcción. Estoy empeñado en que entre tú y yo haya empatía. Este año creamos el espacio para eso y comenzamos a entendernos. Obviamente, más yo a ti. Tú solo quieres jugar desde que abres los ojos hasta que los vuelves a cerrar por la noche. Es tu vida. Es tu mundo. Así aprendes. Así exploras. Así te interesas por cosas nuevas.

Me encanta conversar contigo. También interrumpirte para que te molestes. Me fascina ver tu reacción ante algunas cosas a las que aún no estás acostumbrada. Disfruto tanto que conversemos así tan natural como dos niños, o como dos amigos, o como papá e hija. Da igual. Lo importante es verte hablar con tu boca, tus manos, tus ojos. Por eso me alegra tu “sí” cuando voy a salir y te pregunto: “¿te vienes conmigo?”, porque sé que lo que viene es una tertulia acompañada de una de torta de zanahoria, para luego pasar un rato por el parque, pero antes a comprar unas películas. Y así. Así compartimos. Así hablamos un rato. Así te cuento qué me gusta. Así escuchas dos o tres canciones de Los Beatles. Así te cuento cómo es eso del periodismo o cómo es trabajar en un cine. Adapto mis palabras a ti y tú me entiendes. Por ahora yo tengo más cosas que contar, pero esperaré ansioso por tus cuentos cada año.

La gente dice que eres una viejita por tu manera de hablar. Yo digo que eres el reflejo de lo que escuchas, de lo que ves, de lo que has aprendido. De lo que hemos aprendido juntos. Por ejemplo,  yo he entendido que te gusta dar amor en gotitas. A veces te beso y te limpias el cachete; otras te digo que te amo y me dices “ay papá, ya vas a empezar con eso”, entonces te pregunto: “¿tú me amas?”. Y me das un sí súper tímido. Debe ser por eso que me gusta meterme debajo de la cama contigo cuando me dices “papá vamos a explorar”. Entonces apagas la luz del cuarto, traes dos linternas y metes debajo de la cama juguetes y almohadas. Y siempre, siempre, llega el momento en que me dices, con la oscuridad como testigo, “ven, papá, abrázame”. Pasan 5 segundos de mi abrazo y cambias de opinión: “ahora yo te abrazo”. Y así disfruto diez segundos de tus gotitas de amor.

Quizás en dos o tres años puedas leer esto, más no entenderlo. Para eso pasarán unos cuantos años más. Todo lo que he escrito de ti está aquí en este blog. Y seguiré escribiendo algo cada 24 de enero, o en cualquier otra fecha. La fecha de tu cumpleaños me emociona muchísimo. No me entristece, como quizás sí le pueda pasar a otros padres. Y no me pone triste porque no me he perdido tus avances y tus cambios en estos 4 años. He estado allí, cerquita de ti y he visto tus logros, que al final también son los míos.

Dice el escritor y neurólogo argentino Facundo Manes: “Recordamos lo que nos emociona. Solamente recordamos lo que nos emociona”. Por eso tú eres en recuerdo perenne en mí.

 

 

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Sabiduría pura en El Palito

“Mire esto, cuándo en vacaciones se veía esto así. Vacío. Nadie viene a las playas ahora. La ganancia que me queda es muy poca.  Tengo que comprarle a los bachaqueros la harina pan, no siempre puedo hacer cola, porque entonces cuándo trabajo. Esto es un castigo, señor. La gente pensaba que Chávez era eterno y mire, se murió. Pero esto tiene que ser una lección, porque nosotros no estudiamos, no nos preparamos y ahora estamos viviendo esta pesadilla. De verdad que esto es una gran lección para todos los venezolanos. Hay que estudiar, hay que prepararse. Esto no nos puede volver a pasar. Cuándo saldremos de todo esto, cuándo. Al menos ya por aquí se solucionó el problema del agua, pero eso no es suficiente. En un día bueno puedo hacer 30 mil bolos, imagínese, si cada empanada o malta valen 800 bolos. Saque la cuenta y vea que ya no se vende mucho. Mi ganancia cada vez es menos. Y eso es un día bueno, y esos días son solo algunos sábados”.

Esas son palabras de una vendedora de empanadas en El Palito. Está clarita, ¿verdad?

Es que para definir lo que se vive en Venezuela no se necesitan palabras rebuscadas, ni analistas ni historiadores.  No. Tampoco hace falta ser licenciado. Es, sencillamente, decir lo que se vive a diario. Y que mejor frase que esa donde dice que hay que prepararse, que hay que estudiar. Pero bueno, igual los torpes siguen regados por ahí, y seguirán arrastrándose hasta el final.

Es tan sencillo explicar lo que pasa aquí, y si no me creen, pasen por El Palito.

La felicidad congelada de un niño de 12 años

Hago una pausa en la redacción de mi columna de fútbol de todos los lunes para Caraota Digital, y bajo a comprar un café a la panadería. Apenas entro, un niño se me acerca y me pide que le regale un pan. Le digo que no puedo. Espero mi café. Cuando me lo dan, llamo al niño.

-¿Desde cuándo estás pidiendo dinero en la calle?-, le pregunto.

-Poquito, desde hace un mes-, me responde amablemente.

-¿Y tu mamá?

– Está en la otra panadería.

– ¿Y ella no trabaja?

– No.

-¿Pero ha buscado trabajo?

-Sí, para limpiar, planchar, pero no consigue.

-¿En que grado estás?

-En sexto.

-¿Qué edad tienes?

-Doce.

-¿Cómo te llamas?

-Daniel

-¿Y tu papá?

-Uuuffff tengo tiempo que no lo veo

-¿Y cuánto haces en un día?

-Mil bolos

-¿Y tu mamá cuánto hace?

-No sé

-¿Prefieres que te den dinero o comida?

-Comida.

-¿No hay comida en tu casa?

-Solo cuando nos dan la bolsa del clá.

-¿Y desde cuando no se las dan?

-Más de un mes.

-¿Cuánto cuesta?

-Cinco mil. Pero el consejo comunal dijo que para el próximo mes vienen en diez mil

-¿Y por tu casa quieren a Maduro?

-No, solo algunos. Nosotros no queremos a nadie, todos son malos.

Su hermano menor, Cristian, interrumpe nuestra conversación y le muestra un pan andino mientras besa la bolsa. El niño de siete años salta de felicidad. Se alejan un poco pero vuelvo a llamar a Daniel.

-¿Quién les regalo eso?

-Esos chinos.

-Tuviste suerte hoy, ¿no?

-Sí, porque esos chinos son malucos. Nunca dan nada. Esos chinos si inventan cosas, ¿verdad? Han traído carros y todos los aparatos aquí.

-¿Cuánto has hecho hoy?

-Con los cien que usted me acaba de dar ya tengo tres mil. Aunque ya dos mil se los di a mi mamá.

-¿Y tu hermano cuánto ha hecho?

-Como setecientos.

-¿Cuánto les da la gente?

-Cien, cincuenta o veinte bolos.

Cristian interrumpe nuevamente, pero esta vez llega con un jugo de naranja de dos litros. Nuevamente los chinos. Ambos se alegran; yo también.

Luego Cristian le dice algo a Daniel y éste se ríe y le dice que no.

-¿Qué te dice tu hermanito?-, le pregunto curioso.

-Que abramos la nevera para llevarnos un helado de esos.

Daniel observa la nevera de los helados y me dice con tono nostálgico y una risa inmensa:

-Hace mucho pero mucho tiempo mi mama nos compraba esos helados, cuando las cosas no estaban caras.

No le dije nada. Tan solo mire su rostro lleno de alegría viendo los helados.

Para algunos niños la felicidad está congelada, como un helado.

-Vamonos adonde mi mama- le ordena Daniel a Cristian.

Les doy la mano y les digo que se cuiden.

Daniel no olvida agradecer el gran regalo del día y grita:

-¡Gracias chino!

-De nada, venezolanos-, responde el chino.

Se llama Marieke y tiene dos deseos: ganar una medalla y morir

Parece mentira, pero hay personas que quieren morir. Que desean dar su último aliento pronto, muy pronto. Y se respeta. Es el caso de la belga Marieke Vervoort. Ella tiene todo listo para morir: será el día de su cumpleaños, el 10 de mayo de 2017. Nueve días después de que yo cumpla 37 años, ella morirá con 38 apenas cumplidos, en su país, donde la eutanasia es legal. 

En el año 2000 le diagnosticaron una enfermedad degenerativa incurable y en ese momento sus piernas no se movieron más. Pero desde 2008 todo ha ido empeorando; tanto así que dice que los dolores no la dejan dormir ¡más de diez minutos durante la noche! Lleva 16 años con la enfermedad, pero desde hace ocho la venció totalmente. Algunos pueden pensar que es poco tiempo, que debería dar la pelea por unos años más, que tenga fe, que crea en los milagros, pero ¿quién soy yo para cuestionar su lucha? ¿Quién eres tú para juzgarla por su deseo de morir?

Pero antes de morir, ella se quiere montar en el podio de los Juegos Paralímpicos Rio 2016, que arrancan este 7 de septiembre. Ya fue campeona en Londres 2012 y quiere repetir. Desea despedirse del deporte mundial con una presea. En una entrevista con el diario francés Le Parisien, dijo: “Cuando me siento en mi silla de carreras, todo desaparece. Me olvido de todos mis problemas de salud. El miedo, el dolor, el sufrimiento. Todo se esfuma. El deporte es mi única razón para vivir”. En realidad, esa única razón fue doblegada por la enfermedad que padece.

Marieke ya solicitó a su país recibir la eutanasia. Y ha sido clara: “Es inútil quejarse. Quiero que todos tengan una copa de champán en la mano y un pensamiento feliz para mi”. Ese día no brindaremos por la vida, pero tampoco por la muerte. Sencillamente, brindaremos por ella. 

(Cuando leí esta historia recordé otra muy parecida que escribí para Inspirulina. La de unos gemelos belgas que, a causa de una enfermedad, no iban a poder verse nunca más y eso no lo soportarían. Te invito a que la leas aquí.)

 

 

Venezuela, el país de los discretos

No hables. No digas. No mires. No comentes. No cuentes. Sé discreto. Habla bajito.

Los venezolanos se han convertido en los seres más discretos del mundo. Si alguno se entera donde puede conseguir azúcar o aceite, hace silencio. Es una obligación. Llega ansioso al lugar y hace la cola esperando por su premio. Ya de regreso, si alguien le pregunta donde lo consiguió, dice rápidamente que se lo regalaron. Pocos dicen la verdad. No les da la gana. Es una suerte de competencia por la comida donde el premio mayor, en un día, puede ser dos kilos de azúcar, dos litros de aceite, dos harina pan y un pote de mayonesa. Ya está. El kit del silencio. El combo de la discreción. 

Lo he visto, lo he escuchado: gente preguntándole a otras donde consiguieron tal cosa y la respuesta siempre es la misma: me lo regalaron o me lo consiguió una amiga. ¡Coño, en este país ya nadie regala nada y casi nadie hace ese tipo de favores!

Ahora las mujeres ya no se fijan en el nuevo corte de la amiga, tampoco están pendientes de saber cómo le quedaron las tetas nuevas. No señor. Ahora la mujer le ve la bolsa a la amiga o a la desconocida, a quien sea. Y menta madre si lleva las cosas en bolsa oscura. Algunas disimulan más que otras. Unas miran de reojo y, las más descaradas, le clavan los ojos a la bolsa como queriéndola abrir.

Esto es todos contra todos. El que te puede joder, te jode. Sin pena, sin vergüenza. Adiós al pudor. Hace tiempo que la solidaridad quedó en el suelo, pisoteada. Aquí no existe eso de “hoy por ti, mañana por mi”. Qué va. Aquí es “hoy por mi y mañana por mi, y pasado mañana también por mi”.

Esto es todos contra todos. Venezolanos versus venezolanos, el partido del siglo: transmisión en vivo en cualquier estado del país, las 24 horas del día. Y si lo ves por algún canal del gobierno, te encontrarás a un “Nanú” Díaz cualquiera queriéndole ver el lado bonito a la cosa y obligándote a agradecerle a Maduro la “patria” que tenemos.

El más vivo no vive, sino sobrevive y se jacta de eso. Pero siempre en total discreción.

No hables. No digas. No mires. No comentes. No cuentes. Sé discreto. Habla bajito.

Al final, quizás el más discreto sea el que aguante más esta pesadilla.

 

 

 

15 señales que demuestran que te perdiste los JJ.OO Rio 2016

Si no vieron o no se enteraron de lo siguiente, se perdieron Rio 2016:

  1. La espeluznante fractura del gimnasta francés Samir Ait Said.
  2. La mala cara de Simone Biles al recibir una medalla de bronce. Una ganadora de pies a cabeza.
  3. El ridículo de Lochte y sus amigos luego de una noche loca en Rio. El Comité Olímpico de EEUU tuvo que pedir disculpas.
  4. La cara de Michael Phelps cuando el sudafricano Chad Le Clos se puso a calentar al estilo “Rocky” frente a él.
  5. La conversa entre Bolt y De Grasse llegando a la meta, en las semifinales de los 200 metros planos.
  6. El gesto más noble de Rio 2016: cuando la neozelandesa Nikki Hamblin provocó la caída de la estadounidense Abbey D´Agostino y Nikki se esperó y la levantó. Luego, Abbey le devolvió el gesto cuando Hamblin sufrió un calambre. El espíritu olímpico en pleno en esa prueba de los 5000 metros.
  7. Los atletas que lloraron por los fuertes abucheos del público brasileño. Uno de esos fue el francés Lavillenie, quien comparó a la afición carioca con la Alemania nazi. Tremendo lío.
  8. La sencillez y la pena que sentía Katie Ledecky las veces que recibía una medalla. Tiene 19 años apenas y su primera medalla la ganó ¡a los 15!
  9. La foto que se hizo viral entre una alemana y una egipcia, en un juego de voleibol de playa.
  10. La historia de Yusra Mardini, una de las integrantes del equipo de refugiados.
  11. La historia de amor entre la nadadora húngara Katinka Hosszú y su entrenador.
  12. El misterio del agua verde en la piscina de saltos ornamentales.
  13. La prohibición a las ciclistas británicas de afeitarse el vello púbico. ¿Alguna ventaja por eso? Bueno, ganaron el oro.
  14. Los círculos rojos en el cuerpo de Phelps y otros atletas.
  15. El selfie entre las atletas de Corea del Sur y Corea del Norte.

Una refugiada que salvó vidas ahora quiere una medalla olímpica

Aún tengo en mi memoria la foto del niño sirio que fue encontrado muerto a las orillas de una playa turca. Su padre quería una mejor vida para él y su familia, pero no se pudo. El caso le dio la vuelta al mundo y mucho más la horrible foto del niño arrastrado por ese mar que se lo tragó y luego lo escupió en la arena. Por estos días me enteré de otra historia de refugiados, pero ésta tuvo otro final. No digamos que feliz, pero sí diferente. Es difícil saber si es feliz lejos de su familia y más por la manera como abandonó su país.

Se llama Yusra Mardini y jamás imaginó que aprender a nadar la sacaría de la guerra; tampoco que gracias a eso podría salvar vidas; y mucho menos, que estaría participando en unos Juegos Olímpicos. Su padre la guió hacia la natación desde los 8 años. A los 13 (2011), todo se fue al carajo: la guerra destruyó su casa, su piscina, su vida.

No lo pensó mucho y junto a su hermana, también nadadora, se fueron a Estambul y desde allí decidieron cruzar en un bote hasta Grecia. Eran 20 refugiados. Pero la vida seguía ensañada con ella: el motor del bote falló. Cero drama para Yusri y su hermana. Ambas decidieron lanzarse al agua, tomar la cuerda que estaba atada a la embarcación y nadar en esa agua helada por tres horas y media. Nadó hasta llegar a Grecia. Le salvó la vida a 20 personas, entre ellos niños. Cuando uno está obligado a tomar decisiones rápidas, es más efectivo creo. Hay más determinación y más empeño. Y, supongo, si se trata de sobrevivir, uno le da hasta el final. Hay golpes que la vida nos da que son a propósito.

Ya luego llegaron a Alemania, obtuvieron refugio y lo primero que hizo fue preguntar por una piscina. Así que retomó sus entrenamientos y de una llamó la atención de muchos. Su meta estaba puesta en Tokio 2020, pero la vida le dio un descanso a tanto sufrimiento y le regaló una sonrisa cuando el Comité Olímpico Internacional la seleccionó como parte del primer equipo olímpico de refugiados en la historia de los JJOO.

Y así esta lindísima siria de 18 años llegó a Rio 2016. Su poca edad no dice todo el sufrimiento que lleva encima, pero tampoco lo bien que enfrentó cada dificultad. Ella ahora solo quiere tres cosas: que se abran las fronteras a todos los refugiados; paz para su país y una medalla olímpica. Pero con o sin medalla, la presea más importante ya la ganó: la de estar viva.

Yusra, no importa si en tu cuello no cuelga una dorada, una de plata o de bronce. No. Importa más la lección que le has dado al mundo, a tu país, a otros deportistas, a mi. Eres la nadadora más grande de este planeta.